Una figura de la Santa Muerte irradia una energía profunda y antigua, una presencia silenciosa que parece observar más allá del tiempo. Su esqueleto, símbolo universal del tránsito y de lo inevitable, no inspira miedo, sino una verdad desnuda: todos venimos del mismo origen y hacia él regresamos.
Al sostenerla o contemplarla, se percibe una vibración de equilibrio, pues ella no juzga ni distingue; su manto cubre a todos por igual. Representa la justicia absoluta, la guardiana que acompaña tanto en el final como en los comienzos.
Su guadaña, vista espiritualmente, no es herramienta de destrucción, sino de corte energético: rompe ataduras, cierra ciclos y limpia caminos. El globo, el libro o la balanza que a veces porta son símbolos de su capacidad para proteger, enseñar y poner orden en lo visible y lo invisible.
La figura actúa como un portal simbólico hacia lo oculto. Muchos devotos sienten que, al acercarse a ella, se abre un espacio de introspección donde se revela lo que normalmente se oculta: los miedos, los deseos verdaderos, los nudos del alma que buscan liberación.
Negra: protección profunda, absorción de negatividad, poder interior.





